jueves, 30 de agosto de 2012

ESTHER (capitulo 40)



Según sus cálculos, llevaban cuatro días de navegación cuando de madrugada vio luces de una línea de costa a lo lejos al mirar por la claraboya. Para ella no significaba nada porque no sabía por donde navegaban ni en que dirección. Al día siguiente pensó que seria Italia, pero no podía asegurarlo.
Esa tarde el capitán entró en el camarote y se sentó en una silla al lado de Esther que estaba en el camastro.
– Mire señorita, se lo voy a poner muy claro, –la dijo suavemente en inglés–. La vamos a sacar del barco y podemos hacerlo de dos maneras. La atamos, la drogamos y la llevamos como un fardo, o colabora y no sufrirá ningún daño. A mi me da igual, usted decide, pero la queda un viaje muy largo y puede sufrir algún daño. Yo la aconsejo que colabore.
– ¿A dónde me llevan?
– La llevaremos a tierra y la entregaremos a otras personas. Solo quiero saber como debo tratarla.
– Colaboraré, –le dijo apesadumbrada. No quería darles excusas para hacerla daño.
Eran las dos de la madrugada cuando la puerta se abrió y su cuidador entró con un tosco jersey de lana  de la mano. Hacia rato que Esther esperaba vestida con sus vaqueros y la camiseta grande. Se puso el jersey, que la estaba enorme, y salio  del camarote seguida por su cuidador. Bajaron un par de tramos de escalera y al final de un pasillo llegaron a una escotilla situada un par de metros por encima del agua. Por una escala con peldaños de madera, bajó hasta una lancha  grande equipada con cuatro motores fueraborda. Tres hombres ocupaban ya la barca. Su cuidador bajo tras ella y entonces reparo en que llevaba una pistola en la cintura, en la parte de atrás. Se acomodó junto a ella en el centro de la barca y la arropo con una manta. Mucha barca para tan poca gente pensó, pero supuso que seria porque tendrían que recorrer mucha distancia. Y así fue, casi cuatro horas de navegación después varios, de los motores se apagaron y continuaron con uno solo. Veía luces de costa y como parecía que entraban en una especie de bahía. Navegando con sigilo, media hora después llegaron a la orilla en una especie de península. A su izquierda, como a un kilómetro, veía una zona enormemente iluminada. La barca se paró sobre una zona de arena y los hombres saltaron fuera y la sujetaron. Esther bajo con la ayuda de su cuidador, se acercaron a la línea de árboles y se agacharon. Unos segundos después regresó uno de los hombres que había ido por delante y les hizo una seña. Emprendieron la marcha hasta que encontraron una carretera y reparo en un cartel medio roñoso “Aerodrom Tivat”. Esperaron ocultos entre los árboles hasta que apareció una furgoneta que paro en la cuneta a escasos diez metros de ellos y apago las luces. Esperaron unos segundos y cuando la puerta lateral se abrió, salieron de su escondite, se dirigieron a ella, subieron y encendiendo las luces arranco. Desde el interior vio como parecía que bordeaba el aeródromo y ya al otro lado siguieron por  la carretera hasta unas naves  situadas a la espalda de lo que podía ser la terminal. Cuando llegaron, se bajaron y por una puerta auxiliar  entraron y se acercaron al un pequeño avión Falcon que había estacionado a escasos metros de la valla. Subieron a él, y el cuidador estuvo unos momentos hablando  con los cuatro hombres que había dentro. Después dio media vuelta y se marchó. La sentaron en uno de los sillones, la abrocharon el cinturón y despegaron hacia un destino desconocido para ella.
Isabel me llamo de madrugada, tenía noticias. Una hora después me reuní con ella en su despacho. Por video conferencia tenía a nuestro hombre en Camboya.
– Los de Pinkerton  han rastreado un carguero que salio de Valencia tres días después del secuestro con destino a Albania. El barco es propiedad de la mafia moldava. Con el sistema de posicionamiento han descubierto que se desvío  mas de doscientas millas al norte de su ruta, antes de llegar a su destino.
– ¿Y ahora donde esta? –pregunte.
– Llegando a su destino.
– Muy bien, ¿qué hacemos?
– Podríamos asaltar el barco, puedo organizarlo, pero no lo aconsejo, –intervino el de Pinkerton–. Seguro que ya la han desembarcado y un asalto les pondría al tanto de que estamos tras ellos.
– ¿Sabemos donde la han desembarcado?
– Afirmativo, solo hay una posibilidad, Montenegro. Buscamos un aeródromo tranquilo que este cerca de la costa. Mi gente ya esta en ello.
– Bien, pero cuando todo esto finalice, quiero que destruyas ese barco, –le ordene–. No quiero que sobreviva nada que tenga relación con esto. ¿Está claro?
– Perfectamente, se hará como quieres, –y después de una pausa añadió–. Me está entrando información. Hace dos horas ha despegado del aeródromo de Tivat un Falcón 2000 sin un destino claro.
– Solo nos llevan dos horas de ventaja, –dijo Isabel.
– Sí pero, ¿a dónde van? Un Falcón tiene una autonomía de unas cuatro mil millas, tienen que hacer escalas, como mínimo dos. La cuestión es donde, –dijo pensativo.
– En principio una ruta por Grecia, Turquía, Irak, parece muy conflictiva, –razoné.
– Soy de la misma opinión, –afirmo el de Pinkerton. A través de la pantalla del ordenador le veíamos consultando los mapas en compañía de un hombre y una mujer. Esta ultima de hizo una indicación señalando algo en los mapas y el de Pinkerton asintió–. Lo mas seguro seria realizar una ruta por el sur, a través de Egipto y repostar en algún lugar de Eritrea o Yemen. De ahí lo lógico seria la India y luego a Camboya.
– Muy bien, entonces ¿qué hacemos? –pregunte. En la pantalla vi como los tres se miraban y cambiaban impresiones.
– Sara, infórmanos, –dijo en el Pinkerton a la mujer.
– No podemos hacer nada salvo controlar la India. Los territorios al sur de Egipto, Sudan, Eritrea son como el oeste americano, podrían aterrizar incluso en una carretera que nadie se enteraría. Yemen es parecido. La India es otra historia. En cuanto a aeropuertos, esta bien equipada y hay muchos. Será como buscar una aguja en un pajar, pero se puede intentar.
– ¿Podemos tener un equipo preparado en la India? –pregunte.
– Si, –dijo el de Pinkerton–. ¿Pero donde? Aunque tengamos un equipo en Delhi, por ejemplo, si aterrizan en el sur, o en la costa, hay varios miles de kilómetros de distancia, no llegaríamos.
– Y reduciríamos fuerzas aquí, –intervino Sara.
– ¿Lo tienes todo preparado allí? –le pregunte–. ¿Falta algo?
– Todo está preparado.
– En una hora, Isabel y yo cogeremos un avión que he fletado para ir allí. Vamos directos, espero que lleguemos a tiempo, quiero estar presente. Cuando llegue, hablamos.
– De acuerdo, le estaremos esperando. Es mejor tomar precauciones.
Esther miraba por su ventanilla, pero solo veía desierto. Habían aterrizado en una pista, pero no se veía terminal. Por las ventanillas del otro lado veía unas casas a medio derruir o a medio construir, no lo podría asegurar. La  pareció entender que estaban en Eritrea, que es lo mismo que si hubieran dicho cualquier otro lugar. Un camión cisterna del mismo color que el resto del paisaje, se había acercado al avión para repostarle, mientras los pilotos y sus secuestradores, menos uno que la vigilaba,  fumaban en el otro lado. Esther los observaba a través de la ventanilla y ellos la observaban a ella. Hablaban entre ellos y en ocasiones la miraban y soltaban grandes risotadas. Eso le daba escalofríos y tuvo la certeza, que antes de llegar a donde fueran, algo malo la ocurriría. Despegaron levantando una gran nube de polvo. Cuando alcanzaron altura, uno de ellos se levantó, la soltó el cinturón de seguridad y cogiéndola de la camiseta la levanto. Esther se agarró instintivamente al brazo del hombre que reacciono dándola un bofetón.
– ¡No la pegues! –intervino en inglés otro de los hombres–. Recuerda lo que nos advirtieron.
– Ya esta muy marcada, –respondió riendo–. Alguno ya se lo ha pasado bien con ella. Un par de ostias mas no importa.
– Si, y ese ya está muerto. Recuérdalo, – y enseñándole la cacha de la pistola que llevaba al cinto, añadió–. No me la voy a jugar por ti. Esto ya lo hemos hablado.
– Vale, vale, no te pongas nervioso, –respondió mirando amenazador a su interlocutor. La fue quitando la ropa usando dos dedos de cada mano a modo de pinzas.
– Esta buena la puta enana esta, –dijo cuando la tuvo desnuda–. Arrodíllate zorra.
Esther obedeció de inmediato y el hombre, sacándose la polla se la metió en la boca. Olía mal, y tuvo que hacer esfuerzos para no vomitar el bocadillo que la habían dado durante el vuelo anterior. No duro mucho, a los pocos segundos se corrió en su boca chillando como un cerdo. Esther no sintió nada. Desde que estaba conmigo no había estado con ningún otro hombre y la preocupaba que pudiera sentir placer en medio de este horror. No sentía placer, solo asco, náuseas y un profundo odio.
– Ven aquí chica, –la ordeno el  de la pistola. Esther se acercó y se arrodilló entre sus piernas tras una indicación de él–. Sácamela y chupa, zorra.
Estaba chapándosela al de la pistola, cuando hoyo abrirse la puerta de los pilotos.
– ¿Todavía estáis así? –pregunto uno de ellos–. Venga que nos toca.
Cuando el de la pistola terminó, uno de los pilotos la puso a cuatro patas y la penetro. Cuando termino de follarla, el otro piloto ocupó su lugar. Durante todo el vuelo hasta la siguiente escala, la estuvieron follando alternativamente y por todos sus orificios. Unos minutos antes de aterrizar la dejaron ir al baño a hacer sus cosas, a lavarse un poco y a llorar desconsolada.
Estuvieron  casi dos horas en esa nueva escala. Cuando despegaron, el primer hombre la volvió a desnudar y sentándola en el suelo, entre sus piernas, la obligo a chupársela y a restregársela por la cara durante el resto del viaje ante la indiferencia de los demás.
Aterrizamos en Tailandia, en el aeropuerto de Nang. Nos estaba esperando el de Pinkerton, acompañado de Sara y  varios hombres discretamente armados. En un antiguo helicóptero de la época de Vietnam nos trasladamos a Koh Kong, al otro lado de la frontera. Desde cierta distancia sobrevolamos la zona donde se ocultaban los túneles. Era una zona de ribera con las construcciones sobre palos tipo palafitos, típicas de la zona. Me explicaron que debajo de las casas estaban las entradas a los túneles  que se extendían un par de cientos de metros en dirección al interior, hasta desembocar en un complejo de varios túneles y bóvedas. Tenían localizadas cuatro entradas bajo las casas y dos en el interior del pueblo. Según la información de que disponían la longitud total entre túneles y pasadizos era de unos cinco kilómetros. Después de dar un gran rodeo, el helicóptero se dirigió al barco aproximándose desde altamar para no llamar la atención. Visitamos el barco, conocimos a los mercenarios, y a continuación nos reunimos en un camarote con sus ayudantes.
– Hace tres  horas, el Falcón ha aterrizado en Bangalore, y un par de horas después ha vuelto a despagar, –comenzó el de Pinkerton–. Calculamos que en tres horas llegaran aquí.
– ¿Dónde aterrizaran? –pregunto Isabel.
– Esta organización tiene una pequeña pista oculta en la selva para sus historias de drogas, –respondió Sara–. Lógicamente aterrizaran allí, el problema es que no sabemos donde esta.
– Entonces hay que esperar a que la traigan aquí, –razoné para preguntar a continuación–. ¿Cómo sabremos que han llegado?
– Tenemos instalado en un monte cercano un sistema portátil de radar, detectaremos en avión cuando llegue.
– Nada mas que tengamos la certeza de que Esther esta en los túneles, hay que actuar, no podemos perder tiempo, –insistí–.  No sabemos los planes que tendrá Moncho.
– No habrá problemas. Cuando anochezca comenzaremos con el despliegue en tierra pero sin aproximarnos a la zona. Desde que decidamos atacar, pasaran quince minutos hasta que se produzca.
– Entonces vamos a dejar varias cosas claras, –les dije–. Primero. Rescatar a Esther con vida en lo más importante y los posibles secuestrados que encontremos en el interior también. Segundo. No se va a detener a nadie, no va a escapar nadie,  ni se va a coger prisioneros. Nadie va a sobrevivir al ataque, y los túneles serán dinamitados para que no se vuelvan a usar. Tercero. Moncho es mío, el o los que me lo traigan con vida, tendrá una gratificación de 50.000 $ cada uno. Y cuarto. Ya sabéis que sospechamos que hay en esos túneles una gran cantidad de dinero. Lo quiero, junto con todo el material informático que se encuentre, discos duros, ordenadores, todo. Posteriormente, una parte de ese dinero se repartirá entre su gente y entre ustedes, por supuesto. ¿Ha quedado claro? ¿Alguna pregunta?
– ¿Dónde va a seguir la operación? –pregunto Sara.
– Desde los túneles. Iré detrás de ustedes, en retaguardia, –y sonriendo añadí–. No se preocupen por mí, no les voy a estorbar. Necesitaré una pistola.
Cuando la estación de radar avisó sobre la presencia de un avión volando bajo en la zona, todas las fuerzas ya estaban en posición a la espera para iniciar el asalto. Yo, equipado con un chaleco antibalas, un arnés, un cuchillo militar y una pistola automática, esperaba junto al hombre de Pinkerton y Sara, la confirmación de la presencia de Esther en el interior de los túneles.
– En algo menos de una hora aterrizaremos, ­dijo uno de los pilotos abriendo la puerta de la cabina–. ¡Joder! ¿Todavía te la sigue chupando? Estás obsesionado, tío.
– Y si me dejarais dejarla sin dientes de un par de ostias, la chuparía mejor, –respondió con una risotada, y levantándose añadió–. Todavía me da tiempo a darla por el culo.
La coloco a cuatro patas y la penetro brutalmente por el ano. Esther sintió un dolor terrible en su maltrecho ano a causa de la sesión anterior. Sintió como algo se desgarraba y no pudo remediar soltar un chillido de dolor. Imperturbable, el animal que tenía detrás siguió fallándola a pesar de la sangre que visiblemente emanaba del ano de Esther, que no paraba de llorar. Cuando se corrió, se levantó mientras Esther se acurrucaba en el suelo atravesada por el  dolor.
– Te advertí de que no la hicieras daño, –hablo el de la pistola dándole una toalla a Esther–. ¡Joder! Lo has puesto todo perdido de sangre.
– No te preocupes, no pasa nada.
– Si yo no me preocupo, porque  el que la va a entregar al jefe, vas a ser tú, –dijo el de la pistola empuñándola con una sonrisa.
Esther se vistió como pudo, colocándose un trozo de la toalla a modo de compresa para intentar parar la hemorragia. Aterrizaron en medio de la selva en una pista rodeada de árboles y sin iluminar. Acompañada por su violador principal, bajaron del avión y subieron a un todoterreno que le esperaba. Con las luces apagadas, circularon por senderos accidentados dando tumbos y saldos descontrolados que la producía un dolor indescriptible. Casi media hora después, el vehículo se detuvo y se apearon de él. Agarrada con fuerza por el brazo, su acompañante la obligo a entrar por una especie de caverna que conectaba con los túneles. Estuvieron mucho tiempo recorriéndolos hasta que por fin entraron a una pequeña estancia. En el centro, Moncho la miraba fijamente. Su acompañante la soltó y Esther sin poder evitarlo cayo al suelo. Esther no tenia fuerza ni para devolverle la mirada. A pesar del odio que sentía hacia él, se sentía derrotada y solo quería llorar o morir.
– Advertí que no la tocarais en el avión, y ya me han informado de que no me has obedecido, –le dijo Moncho al violador, y levantando una pistola que tenía en la mano le disparó entre los ojos.
Su cuerpo se desplomó ante la indiferencia de Esther. Estaba convencida que la próxima seria ella. Solo esperaba que fuera rápido.
– Hola cariño, cuanto tiempo sin vernos, –la saludo Moncho con una sonrisa malévola en los labios.

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miércoles, 29 de agosto de 2012

ESTHER (capitulo 39)


Sentía la cabeza pesada y la dolía mucho. Intentaba abrir los ojos pero no podía, los parpados la pesaban terriblemente. En medio del sopor, oía un run run, como mecánico, que no sabia ubicar.  Estaba tumbada e intento moverse pero comprobó que no podía hacerlo,   los brazos los tenia atados a la espalda. Notaba un ligero balanceo y cuando por fin pudo abrir los ojos lo vio todo borroso, la costo acostumbrarse. El lugar donde se encontraba, estaba en penumbra y un hiriente rayo de sol entraba por una pequeña claraboya. Recordó aterrada como María caía ensangrentada a su lado y los ojos se le inundaron de lagrimas. Forcejeó intentando soltarse pero la resulto imposible. Recorrió con la vista la estancia donde estaba y le pareció un viejo camarote de barco un tanto destartalado y guarro. El monótono run run que oía debían ser las maquinas de la embarcación. Paso el tiempo y comenzó a notar un hambre terrible. El rayo de sol fue recorriendo el camarote y perdiendo intensidad hasta que la oscuridad la envolvió por completo y se quedo dormida con un sueño pesado e intranquilo.
Mientras tanto, en Madrid las investigaciones seguían su curso a buen ritmo  aunque a mi me parecía demasiado lento. Había pasado tres días y María seguía en estado critico, aunque los médicos confiaban en sacarla adelante por la excelente condición física que tenia. Los  cadáveres eran de dos moldavos y los de Pinkerton descubrieron que de la misma mafia que atentaron contra nosotros un año antes. Los testigos también identificaron a un par de los secuestradores, que como lo muertos eran moldavos. También descubrieron que controlaban algunas pequeñas navieras con las que perpetraban sus fechorías. Tirando de ese hilo, averiguaron que un barco de los suyos, un carguero, había zarpado del puerto de Valencia con destino a Albania. Cuando la Guardia Civil llego, el barco hacia horas que había zarpado. A pesar de que la permanente comunicación entre Isabel y yo, me convoco a una reunión para aunar criterios. A ella asistieron la gente de Pinkerton y a titulo personal, un alto mando de la Guardia Civil, amigo de Isabel.
– Sabemos que al menos uno de los secuestradores estaba en el puerto de Valencia una hora antes de que zarpara el barco. Así lo atestiguan las cámaras de seguridad, –comenzó a hablar Isabel–. La pregunta es ¿A dónde van?
– Los papeles del barco dicen que a Albania, pero ¿De verdad van allí?
– Por cojones van a Albania. Seria muy sospechoso que aparecieran en otro lugar.
– Yo creo que van a Camboya, –dijo el guardia civil–. La cuestión es ¿Cómo lo van a hacer? Es impensable que pretendan recorrer  mas de 14.000 Km. con ella en barco.
– ¿Estas seguro de eso? –le pregunte.
– Estoy al tanto de todo, Isabel me ha informado. Este Moncho es un perturbado, posiblemente un psicópata, y no puede salir de Camboya. La quiere allí, y prefiero no pensar para que.
– ¿Tenemos gente en Albania? –le pregunte al de Pinkerton.
– Yo no creo que la desembarquen en Albania, –volvió a intervenir el guardia civil–. La sacaran del barco en una embarcación pequeña, y desde Italia, Montenegro o Grecia, en aviones pequeños y aeródromos locales hasta Camboya.
– El coste de una operación de esta envergadura es descomunal. Tiene mucho interés en tenerla en Camboya. Por narices tiene que haber filtraciones, hay que rastrearlo todo para confirmar esta hipótesis.
Todos asintieron y estuvieron de acuerdo. Se decidió seguir controlando todos los aeródromos pequeños por si sonaba la flauta. Parecía claro que todo se resolvería en Camboya, pero lo que Moncho no sabia es que tenia preparado un pequeño ejercito, y sin que el lo supiera la espada de Damocles pendía sobre el y sus secuaces. Desde hacia tres semanas, un viejo carguero estaba anclado, de forma discreta, en las inmediaciones de la entrada a la bahía de Kaon Pao, en una zona donde los barcos esperan habitualmente. A él, 116 mercenarios de 17 nacionalidades fueron llegando paulatinamente en el curso de los siguientes días y esperaban en momento del asalto. En la parte superior del buque, en la zona de los contenedores, se había habilitado un helipuerto para los dos helicópteros, y en otra zona 15 zodiacs esperaban para ser bajadas al agua, con las grúas del barco el día del asalto.
El ruido de la pesada puerta metálica del camarote al abrirse, la despertó y la sobresalto. La estancia estaba en penumbra, solo iluminada por la claridad de la mañana que entraba por  el ojo de buey. Con los ojos entreabiertos distinguió una figura recortarse con la luz que entraba del pasillo. Noto como la observaba, pero no la dijo nada. Girando la cabeza hacia un lado del pasillo, dijo algo en un idioma incomprensible. Entro en el camarote seguido por otros tres hombres. Rodearon el camastro donde estaba tumbada y se pusieron a hablar en el mismo idioma incomprensible. La voltearon para comprobar sus ataduras y estuvieron inspeccionando sus amoratadas manos. Fue entonces cuando Esther se dio cuenta que casi no las sentía, como si fueran de corcho. Siguieron hablando unos momentos y salieron por la puerta. Unos minutos después, uno de ellos regreso con algo de la mano que tiro sobre la cama con un sonido metálico. Se inclino sobre ella y agarrándola por la cinturilla del vaquero, lo desabrocho y empezó a dar fuertes tirones para quitárselo junto con el tanga. Esther se resistió pataleando  y dando patadas al desconocido, pero solo logro que se riera a carcajadas. Cuando se los quito, la cogió por el  tobillo pero Esther siguió pataleando propinándole alguna patada y eso ya no le hizo gracia. La agarro por el pelo y levantándola de la cama la dio un fuerte puñetazo en el estomago. Cayó sobre el camastro, casi sin aire y doblada del dolor. La volvió a agarrar por el tobillo y se lo rodeo con la cadena cerrándolo con un candado. El otro extremo lo sujeto con otro candado a una cañería de la pared. La puso boca abajo y la desato las muñecas masajeándolas para reactivar la circulación. A continuación salio por la puerta cerrándola de golpe  y echando el cerrojo. Intento incorporarse apoyando las manos pero no pudo, las tenia como muertas. Bajo las piernas al suelo y se sentó en la cama, pero la costo trabajo enderezarse a causa del puñetazo. Se tomo un respiro e intento levantarse y enderezarse. Con esfuerzo lo consiguió, pero se sintió mareada. Con el antebrazo levanto la cadena y comprobó que era muy larga, tanto que la permitía  recorrer todo el camarote y llegar al retrete que se adivinaba en un extremo. La puerta se abrió de golpe y Esther, asustada, retrocedió encorvada protegiéndose la tripa con los brazos. El desconocido entro con un plato de una especie de estofado y una botella grande de agua. Lo deposito sobre una mesita y se acerco a Esther cogiéndola las manos. Las observo y se las puso en alto haciéndola un gesto para que las mantuviera así. Mientras la sujetaba en alto las manos, bajo la vista hacia abajo y  descaradamente la miro el chocho. Después la miro a los ojos y sonrío de una manera que la heló la sangre. Se dio la vuelta y salio por la puerta cerrándola y dejándola de pie, con los brazos en alto y cara de terror.  Se rehízo un poco y se acerco a la mesa, pero no podía usar las manos. Sujetando la botella con los antebrazos, abrió la botella con los dientes. Durante un rato estuvo bebiendo procurando dar sorbos pequeños a pesar de la ansiedad de la sed.  Metió la cara en el plato y se comió como pudo las patatas dejando la carne, o lo que fuera eso. Noto como poco a poco la sensibilidad regresaba a sus manos y  empezaba a flexionar los dedos. Se acerco al retrete y estuvo haciendo sus cosas. Después, con una toalla que mojo en el lavabo se estuvo aseando lo mejor que pudo. Termino, se tumbo en la cama abrazada a la botella de agua y se quedo dormida.
Cuando se despertó noto el calido rayo de sol que entraba por la claraboya e incidía sobre su cuerpo. Ya  podía mover las manos y  en general se sentía mejor, con la excepción del estomago que la dolía. Después de beber de la botella se levanto y estuvo curioseando por el camarote. Después se dedico a mirar por la claraboya inmersa en sus lúgubres pensamientos. Sabía que técnicamente estaba muerta, y entendía perfectamente lo que ocurría  y quien estaba detrás de todo esto. Pero en el fondo de su corazón sabia que la iba a encontrar, aunque mirando por la ventana el mar hasta el horizonte, no podía adivinar como.
Ya había oscurecido cuando la puerta de abrió y tres de los desconocidos irrumpieron en el camarote. Claramente ebrios y ligeramente titubeantes la rodearon. Uno de ellos  la agarro la camiseta y de un tirón se la arranco rompiéndola. Forcejeo con el arañándole en la cara y eso le enfureció. La propino un bofetón que la dejo desorientada y se cayo al suelo acompañada de un coro de risotadas y palabras incomprensibles. La cogió del pelo y dándole otro bofetón la arrojo sobre la cama. Otro saco una navaja grande y cogiéndola el sujetador se lo corto. La dolía terriblemente la cara y el oído, y noto como algo la resbalaba de la nariz y supuso que era sangre. Decidió no resistirse y mantenerse viva a toda costa. No se resistió, pero no colaboro,  permaneció inerte a su merced. El de la navaja se la puso en el cuello aprisionándola contra el colchón mientras con la otra mano la pellizcaba las tetas. Las muestras de dolor de Esther solo provocaban mas risotadas por parte de sus agresores. Noto otra mano en su vagina y como se la agarraban con extrema dureza. Durante un buen rato la estuvieron martirizando pero procuro gritar lo menos posible, auque a veces era imposible. Otro la volvió a coger del pelo y la puso a cuatro patas introduciéndola su maloliente poya en la boca. Tuvo que hacer esfuerzos para no vomitar. Aguanto  hasta que al poco tiempo se corrió llenándola la boca de su asqueroso esperma. Durante un par de interminables horas la hicieron de todo, se la chupo a todos y la foyaron todos. Y todos la pegaron. Cuando se fueron, se levantó y se acerco al lavabo. Entre llantos se lavó para quitarse de encima la porquería de los secuestradores, y se tumbó en la cama quedándose dormida con un sueño intranquilo y pesado. Cuando despertó por la mañana la cara la dolía. Intento beber de la botella pero la costo trabajo a causa de sus inflamados labios. Acabó lo poco que quedaba en la botella y se levanto al retrete. La dolía todo y casi no podía andar. Cuando se miro en el espejo se asusto, los ojos los tenia inflamados y negros como si tuviera un antifaz, y los labios abultados como los de un africano. Regreso a la cama y se tumbo arropándose con la manta. Estuvo mucho tiempo en una especie de duermevela  hasta que el estridente ruido de la puerta la sobresalto. Entro un hombre al no había visto hasta ahora. Llevaba un plato de comida y otra botella de agua. Instintivamente tendió la mano hacia la botella, y el desconocido se acerco. Dejo el plato, la estregó la botella y aparto la manta para verla mejor.
– ¡Capitanul! –grito saliendo al pasillo.
Un hombre alto, robusto, de mirada sombría entro por la  puerta e intercambiaron unas palabras. Llevaba una gorra, y por su aspecto autoritario supuso que  era el capitán. La miro, y se acerco a ella apartándola la manta. Con rostro inexpresivo, se sentó en la cama e inspecciono con detenimiento sus marcas y magulladuras. Le dijo algo al otro que salio corriendo por la puerta. Después miro a Esther que permanecía abrazada a la botella. Entro en el camarote uno de los violadores junto con el otro hombre que llevaba un botiquín. El capitán se levanto y se encaro con el violador. Los dos empezaron a hablar y la intensidad fue en aumento mientras señalaban a Esther. Las palabras se convirtieron en voces y estas en gritos. El capitán se hecho la mano a la espalda, saco un cuchillo, que sin pestañear puso en el cuello al violador. Se calló, no volvió a hablar. El capitán, con el cuchillo en su cuello y la cara pegada a la suya le decía  al violador unas palabras en un tono tan amenazador que incluso Esther erizaron el cabello. El violador, con la mirada baja y murmurando algo que podrían ser disculpas, salio del camarote ante la atenta mirada del capitán. Entre el capitán y el otro la limpiaron las heridas y se las curaron como pudieron. La quitaron definitivamente la cadena del tobillo que la había producido una yaga.  Después, salieron y cerraron la puerta. A los pocos minutos regresaron. El capitán la dio una camiseta enorme  y unos calzoncillos de hombre de talla pequeña.
– Póngase eso, –la dijo en perfecto ingles y con la misma cara inexpresiva. Y señalando al otro añadio–. Y no se preocupe, no volverán a molestarla. A partir de ahora solo él se ocupara de usted.
Esther asintió con la cabeza y no dijo nada mas. El capitán salio y el otro la puso sobre la mesita un plato con una especie de puré, una cuchara y le siguió fuera cerrando la puerta. Se puso la ropa con muchas dificultad a causa de los dolores y cogió el puré. Con mucho trabajo se lo comió, y se tumbó en la cama. No se durmió, boca arriba miraba el techo mientras su cabeza bullía como una olla  a presión. El rayo de sol empezó a entrar por la claraboya, a recorrer la estancia y pensó que ya era por la tarde. La puerta se abrió y su cuidador entro con otro plato y otra botella de  agua. Lo puso sobre la mesa y se acerco a Esther, la cogió la mano y puso en ella un par de comprimidos. La miro, se señalo la cabeza, giro sobre si mismo y salio por la puerta.  Se tomo uno de los comprimidos y engullo lo que había en el plato. Se tumbo en el camastro y no pudo remediar que las lagrimas afloraran de nuevo al pensar en María.  Al final, agotada se quedo dormida sin saber que la depararía el siguiente día.

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