El ambiente era sofocante en el lúgubre túnel que comunica el modulo central de la prisión de Bangkwang con el cochambroso dispensario que hace las veces de hospital penitenciario. Moncho, con grilletes en los pies como es preceptivo, era conducido por los dos guardias de “confianza” casi en volandas. Claramente había perdido peso. Aquí cada preso tiene que comprar su comida en la cantina de la prisión y los que no tienen dinero, como es el caso, lo tienen jodido. Moncho sobrevive gracias a la aportación que hace la Embajada de España a los presos españoles y por la “protección” del alcaide. El no lo sabe, pero se encamina a la solución definitiva de sus problemas en la prisión.
Entraron en el quirófano donde tres o cuatro tailandeses en bata blanca aguardaban. Sin contemplaciones, entre los guardias y los de la bata lo tumban en la mesa de operaciones. Uno de ellos, le pone una mascara de algodón, con un fuerte olor dulzón a cloroformo que en principio le medio asfixian. La visión se le nubla y pierde la consciencia como si cayera por un pozo alejándose de la luz.
Despierta en una sucia habitación individual con un fuerte dolor de cabeza. Un arnés, sujeto a los laterales de la cama, rodea su cintura y aprisiona sus muñecas. Una botella de suero cuelga alto del soporte de la cama y gotea en la vía que pincha su muñeca. Mira en todas direcciones con ansiedad y repara en un grupo de gasas que le tapan toda la zona genital sujeto con esparadrapo por la parte superior.
– ¡Hijos de puta! –vocifero aterrorizado– ¿Qué me habéis hecho cabrones?
Durante un rato estuvo chillando hasta que la garganta se le puso en carne viva y se quedo ronco. Cuando dejó de chillar, dos tipos en bata, acompañados por un guardia y por el alcaide entraron en la habitación. Ignoraron las preguntas de Moncho como si no estuviera. Hablaban entre ellos mientras le miraban, intercambiando impresiones y asintiendo entre ellos.
– Lo mejor es tenerlo drogado, tendremos muchos menos problemas –fue lo único que Moncho entendió de su conversación, a partir de ahí todo fueron murmullos.
– ¿En cuanto tiempo estará bien? –pregunto el Alcaide.
– En condiciones normales en una semana, incluso menos, estaría en su casa –dijo uno que parecía ser el medico–. Aún así, yo lo tendría aislado. Los primeros dos meses de tratamiento son cruciales.
– ¿Y como de lo administraras? ¿Con pastillas? –quiso saber el alcaide.
– Nuevamente, en condiciones normales si. Pero es mucha cantidad de pastillas, unas de estrógenos y otras de antiandrógenos. Dadas las circunstancias prefiero inyectarle. Además, después de seis meses es irreversible.
– Entonces decidido, pero cuidado con las drogas, no quiero convertirlo en un yonki.
– No habrá problema. Además estará aíslado y puede pasar el mono a pelo, –contestó en medico riendo.
Mientras, en España nuestra vida transcurría con normalidad. Como prometí a Esther, nos íbamos a ir de camping y a tal fin fuimos a comprar una caravana. Se lo paso pipa entrando en todos los modelos de la exposición. A final nos decidimos, mejor dicho, eligió una de cinco metros de larga que tenia instalada una pequeña ducha y a la que dejarían una sola cama grande. Quedamos en recogerla dos días después, tenían que instalarla unos radiadores que habíamos pedido. Recuerden que tenemos previsto ir a Boí, Pirineo de Lleida.
– ¿Un cacharro tan grande no necesita algún tipo de permiso mi señor? –me pregunto mientras regresábamos a casa con el nuevo todoterreno, un BMW. Al Toyota de dieron siniestro tras el atentado.
– Nos la van a entregar con toda la documentación en regla, cariño.
– ¿Y el carné de conducir … ?
– No hay problema, –la interrumpí.
– ¿No hay problema? –insistió.
– No mi amor, tengo todos los carné, puedo conducir hasta autocares.
– ¿Tienes todos los carné de conducir, mi señor?
– Si cariño, recuerda que tengo mas años que el hilo negro, –la dije riendo–. Me saque el carné de camión cuando la mili se hacia con lanza, y cuando la normativa comunitaria fue cambiando me fueron dando carnés, y ahora los tengo todos.
Dos días después regresamos a recoger la caravana. La enganchamos al BMW y nos fuimos con ella a la casa de La Pedriza, donde la íbamos a tener aparcada. La estuvimos revisando y metiendo las cosas que habíamos comprado. Cacharros de cocina, sabanas, mantas y algunos electrodomésticos pequeños, en fin, todo lo necesario para equipar la caravana. Desplegamos la cama para colocar las sabanas y mantas, y rápidamente Esther se tumbo en ella.
– Mi amor, no tenemos tiempo –la advertí.
– ¿No tenemos tiempo para un polvito rápido, mi señor?
– Cariño, nuestros polvitos no suelen ser rápidos.
– ¡Que si, que si, mi señor! –y subiendo las piernas se saco el vaquero, el tanga y las deportivas de una vez, quedándose con el chocho al aire– No ves yo ya estoy.
No fui capaz de decir nada, me dejo sin palabras. Mientras me quitaba la ropa, Esther de rodillas saltaba sobre la cama.
– ¡Vamos a estrenarla! ¡Vamos a estrenarla!
En uno de los saltos la cazé al vuelo y atrayéndola hacia mi, la tumbe sobre la cama poniéndome sobre ella.
– Eres una payasa, –la dije sonriendo.
– Payasita me gusta mas, mi señor, –me respondió melosa mientras intentaba comerla los morros.
Me senté sobre la cama, la puse sobre mi con las piernas por los lados y la penetre. Al principio no me moví, estuve quieto mientras la besaba y mis manos viajaban por su espalda. Esther empezó a culear y rápidamente fue cogiendo velocidad. Siempre la pasa, no es capaz de controlarse según la puede el furor. La obligue a detenerse y a comenzar mas despacio, y lo hice varias veces. Al final, abrazada a mi y con su cabeza sobre mi hombro, se corrió y sus gritos debieron oírse en todo Manzanares el Real.
– Espero que no nos manden a la Guardia Civil, –la dije riendo, mientras la tumbaba boca arriba mientras la mantenía penetrada.
– Jo, es que no me puedo aguantar.
– Y es que yo no quiero que te aguantes.
Comencé a follarla mientras se aferraba a mi con brazos y piernas. Mientras lo hacia con mi parsimonia habitual, mantenía mi boca pegada a la suya en un beso sin fin, en un intento de impedir que se la oyera. Lo conseguí a medias, lo cierto es que cuando nos corrimos juntos, chillo y mucho.
Dos días después regresamos por la tarde con todo el equipaje. Ibamos a dormir allí para salir por la mañana muy temprano. Como a causa de la excitación del viaje, Esther no durmió muy bien, amaneció mas cariñosa de lo habitual, y no salimos temprano, salimos en hora punta. En Madrid, la travesía hasta la N-II es infernal y eran mas de las diez y media cuando pasamos a la altura de Torreón.
– ¿Me odias, mi señor? –me pregunto melosa intentando congraciarse porque me veía serio.
– No digas bobadas ¿Cómo te voy a odiar?
– Da igual si llegamos mas tarde, mi señor.
– ¡Mira Esther! Tendríamos que haber pasado por aquí sobre las siete de la mañana –la conteste un pelin irritado–. Hay 625 Km. hasta Barruera, y con el remolque no podemos pasar de 90. Y soy novato. No es que lleguemos mas tarde mi amor, es que ni llegamos.
Estuvimos un rato en silencio con una muy seria Esther que solo miraba por la ventanilla.
– Venga nena, no te enfurruñes, –la dije mientras la acariciaba el muslo–. Coge de mi bolso un papel que hay con la reserva del camping y llama para decir que llegaremos mañana.
Hizo la gestión y a continuación busco un camping cerca de Lleida capital, a donde llegamos anocheciendo. Todo esto era nuevo para Esther, utilizar los baños comunitarios, convivir muy próxima a otra gente. Estaba encantada.
Al día siguiente, cuando me desperté, Esther ya estaba aseada y vestida, lista para la marcha. Mientras me aseaba en el baño de camping, preparo el desayuno y un rato después, enganchamos la caravana y salimos hacia Barruera.
Los 140 Km. que hay entre Lleida y nuestro destino son terribles, mucho mas para un novato con una caravana. Toda la zona de los Noguera esta llena de curvas y túneles que están numerados. Pero el paisaje es impresionante. En el mirador de la presa paramos a sacar fotos y para que Esther aligerara el desayuno. Cuando se recupero, seguimos hacia Barruera, a donde llegamos a mediodía, nevando copiosamente y con un tiempo de perros. Nos dieron una parcela junto al modulo sanitario y entre el encargado y yo la despejamos del medio metro de nieve que la cubría. Esther, metida en su plumas ayudaba en todo encantada de la vida. Cuando todo estuvo instalado, conectamos los radiadores de la caravana.
– ¿No ponemos el avance? –pregunto Esther.
– Señora, si ponen el avance con esta nieve, se hundirá, –la contesto el encargado antes de irse a la recepción.
– Me ha llamado señora, mi señor.
No pude por menos que soltar una carcajada mientras la abrazaba.
– ¿Quieres que vayamos a hacer la compra, o comemos de restaurante?
– Hacemos la compra, mi señor.
Después de llenar la despensa, preparamos algo de almorzar.
– ¿Quieres que vayamos a ver la iglesia?
– Como quiera mi señor, –dijo con voz resignada.
– A ver ¿Que ocurre? –la pregunte poniéndome frente a ella y cogiéndola por los hombros.
– No pasa nada, es que me apetecía sentarme fuera, metida en el plumas y ver como nieva. Pero ya se que no es posible mi señor, –reconozco que no me lo esperaba, suponía que querría echar un polvito.
– Como no hace viento, puedo sacar el toldo enrollable. Cuando nos metamos en la caravana lo recogemos, –la propuse y sus ojillos se iluminaron.
– ¿Podemos hacerlo, mi señor?
– Claro que si amor.
Extendimos el toldo y saque la mesa y las sillas plegables. Nos sentamos debajo con dos copas de coñac. Esther estaba muy graciosa metida en su plumas, con gorro, guantes y una manta que la puse sobre las piernas. Estuvimos bastante tiempo charlando mientras veíamos caer la nieve. Esther estaba especialmente parlanchina. Cuando terminamos las copas nos pusimos a recoger el toldo entre risas y gritos cuando sacudía el toldo y la nieve la salpicaba. Entramos en la caravana y rápidamente Esther se desnudó y se tumbo en la cama que estaba desplegada. Con el dedo me hizo señas para que me acercara. Me desnude y me tumbe a su lado abrazándola.
– Como veo que la señora lo tenia todo preparado, ¿Desea algo especial?
– Que me beses mi señor, que me beses mucho, hasta que te canses.
– Mi amor, es imposible que me canse de besarte.
Así, tumbados de lado y uno frente al otro, estuvimos besándonos sin que aparecieran muestras de cansancio. Subí su pierna por encima de mi cadera y la penetre. El placer la hizo abrir la boca y gemir y yo aproveche para respirar su aliento. A los pocos minutos exhaló uno de sus característicos gruñiditos y se corrió mientras yo observaba su precioso rostro. Seguí besándola sin descanso, pero deje de follarla para alargar un momento tan maravilloso, aunque la mantuve penetrada. Cuando reinicie el rítmico movimiento de mis caderas, sus gemidos fueron aumentando en intensidad hasta que nos corrimos mientras la metía dos dedos por el ano en el momento cumbre. En un segundo sus gritos se multiplicaron en potencia y tuvo un orgasmo salvaje, que la dejo inerte entre mis brazos. Mis besos recorrieron toda su cara, su boca, sus ojos, sus mejillas, su frente. Bajaron por su cuello hasta sus hombros, y de ahí a sus axilas y sus pechos.
– Te quiero mi amor, –la susurraba al oído mientras la acariciaba el pelo que ya empezaba a tener volumen.
Esther ronroneaba complacida como una preciosa gatita de Angora, ofreciéndome su boca y su cuello. Es tal el amor y el deseo que siento por ella que comencé a follarla de nuevo arrancándola nuevos gemidos, que no pararon hasta que conseguí proporcionarla un nuevo orgasmo.
Esther se ducho en la caravana y yo en el modulo sanitario del camping. Salimos a dar un paseo por el pueblo antes de cenar. Entre conversación, besos y abrazos, se nos había ido toda la tarde. Pero nos daba igual, no teníamos prisa por nada.
– Vamos a ver si la iglesia esta abierta, –la dije mientras encaminábamos nuestros pasos hacia ella.
Lo estaba, compre un bono para todas las iglesias de valle y entramos. Esther se quedo maravillada.
– ¿Cómo es posible que algo tan sencillo, sea tan bonito? –exclamo admirada.
– Esta es la Iglesia de Sant Feliu, de estilo románico lombardo. Todas las iglesias del Valle de Boí fueron construidas entre los siglos XI y XIII, y todas están protegidas por la UNESCO. En esos años este valle era zona de frontera, por eso los campanarios de todas ellas son tan altos, para vigilar y se cree que para transmitir señales luminosas. Esta es una de las mas sencillas, las de los pueblos de mas arriba tienen frescos.
Después de sacar fotos suficientes, regresamos al camping. Como había dejado de nevar, Esther se empeño en hacer una pequeña barbacoa y cenar al aire libre. Cuando terminamos, lo recogimos todo y nos sentamos con otra copa de coñac entre las manos.
– No necesito mas para ser feliz mi señor! –y después de una pausa añadió cogiéndome la mano con su mano enguantada–. Me refiero a que no necesito hoteles de lujo, vestidos caros, fiestas, ni nada de eso.
– Lo se mi amor, yo solo te necesito a ti. Pero somos unos privilegiados y no hay por que renegar de ello. Yo por un golpe de fortuna, y tu por tu divorcio, somos millonarios. Lo que tenemos que procurar es no olvidar de donde venimos, –y riendo añadí–. Y que no se nos suban los millones a la cabeza.
– A ti no se te han subido mi señor, –me dijo–. Fuimos mas de un año vecinos y jamás hubiera adivinado que eras un millonario. Además todos tus amigos y muchos de tus familiares trabajan para ti.
– Ya, pero hay que estar siempre vigilante. Como te descuides lo mas mínimo, te conviertes en un gilipollas.
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viernes, 11 de mayo de 2012
jueves, 3 de mayo de 2012
ESTHER (capitulo 24)
El día de año nuevo me levante muy tarde, y después de hacer unos estiramiento me asome al dormitorio donde Esther seguía roncando a pierna suelta. La experiencia de dormir en el sofá del salón me dejo entumecido y después de tontear un poco por casa me dirigí al gimnasio. Estuve saltando a la comba casi una hora para terminar de quemar los excesos navideños.
Estaba picando algo en la cocina cuando sonó el teléfono.
– ¿Dígame?
– Edu, soy Colibrí, feliz año. –me contesto su cálida voz.
– Feliz año, niña.
– ¿Y Esther, ya se ha recuperado del concierto?
– No me lo recuerdes, anoche volvió a beber mas y se puso mala, vomito en el dormitorio, se vomito encima y monto un numero de flipar. Todavía esta en la cama roncando.
– ¡Hay pobrecilla!, ¿Quieres que vaya? –se alarmo Colibrí.
–¡No, que me la manoseas! –la conteste bromeando.
– ¡Anda no seas tonto! –y añadió– Necesito verte para comentar un tema que me tiene mosca.
– ¿En media hora puedes estar en San Gines? –la pregunte.
– ¡De sobra, y me invitas a merendar!
Me vestí y salí a la calle al encuentro de Colibrí. No nos resulto difícil encontrar mesa, pedimos chocolate y churros para los dos.
– Bueno, dime, ¿Que querías comentarme?
– He estado revisando los movimientos de la cuentas de Moncho y he descubierto algo que me tiene preocupada.
– ¡Cuéntame!, ¿Qué es? –me alarme. Todo lo que tiene que ver con Moncho me alarma.
– En dos ocasiones, una la víspera de su salida de Casablanca, y otro el mismo día, saco en efectivo una gran cantidad de dinero en Dólares.
– ¿Cuánto saco?
– En total dos millones, –y añadió– no lo detecte porque no son transferencias, lo saco como por ventanilla y fraccionado.
– ¿Cómo fraccionado?
– La víspera lo fracciono en doce operaciones, y al día siguiente en ocho.
– ¿Y no sabemos donde ha ido a parar? –la pregunte alarmado mientras cogía el móvil y marcaba el numero de Isabel.
– No, ni rastro, no lo volvió a ingresar en ninguna de sus cuentas, –aseguro Colibrí.
– ¡Isabel! –la dije cuando contesto a la llamada– ¡Feliz año!
– ¡Feliz año, Edu!
– ¿Estas ocupada?, ¡Necesito hablar contigo!
– No, solo intento recuperarme de la resaca.
– Estoy con Colibrí en San Gines, ¿Puedes acercarte?
– ¡Voy para allá!
Media hora después, Isabel se reunió con nosotros. Y la verdad es que tenia un aspecto deplorable.
– ¡Parece que la fiesta fue intensa! –la dije mientras Colibrí se mondaba de la risa.
– ¡Vale!, ¿Me habéis llamado para reíros de mi? –pregunto con resignación.
– Colibrí a descubierto que Moncho saco dos millones de dólares en efectivo el día antes de salir de Casablanca y no sabemos donde han ido a parar.
– ¡Joder, este cabrón en capaz de sorprendernos incluso estando donde esta! –exclamo Isabel.
– ¡Quiero que te dediques a este asunto con todos los medios necesarios! –y después de una pausa para que sirvieran el café solo que Isabel había pedido continúe– tus contactos de Casablanca, o de donde sea, habla con Pinkerton, te quiero en exclusiva si es necesario.
– ¡No te preocupes, no habrá problema! –dijo Isabel.
– Y lo mas importante, a Esther ni una palabra.
Seguimos charlado durante un rato mas metiéndonos con Isabel y me despedí de ellas. Tenia ganas de regresar a casa para ver como estaba Esther.
Seguía metida en la cama, pero ya estaba despierta. Me acerque a ella y la acaricie el pelo con ternura.
– ¿Qué tal estas mi amor?
– No se, me duele la cabeza y la garganta, el helado del postre me ha debido sentar mal.
– ¡Si mi amor, la garganta del helado o de los ronquidos que has estado dando!
– ¡Yo no ronco!
– ¡Como un leñador siberiano!
– ¡Huy que mentira!
Me levante y cogiendo el iPhone reproduje la nota de voz donde había grabado sus ronquidos.
– ¡Esa no soy yo! –aseguro con vehemencia.
– ¡Si eres tu, y lo voy a poner como tono de llamada!
– ¡Me quieres liar, no soy yo! –insistió.
– ¡Ya lo creo que eres tu, si me he tenido que ir a dormir al sofá! –se quedo con la boca abierta, sin saber que decir– ¿Te has tomado algo para la cabeza?
Negó con la cabeza y la pregunte– ¿Tienes hambre, te preparo algo?
Volvió a negar con la cabeza, la di un par de ibuprofenos con un vaso de zumo y la deje tranquila en la cama.
Hasta la hora de acostarme estuve con el ordenador mientras Esther seguía desaparecida en el dormitorio. Entre en el dormitorio y la encontré sobre la cama hecha un ovillito. Me desnude y me senté a su lado.
– ¿Qué tal te encuentras, todavía te duele la cabeza?
– ¡No mi señor, ya no me duele! –y a continuación añadió– ¡Yo no quiero roncar mi señor!
– ¡Pues eso es sencillo, no te emborraches!
– ¿Mi señor esta enfadado?
– ¡Si, tu señor esta muy enfadado! –mentí– ¡Y mereces un castigo!
– ¡Si mi señor, lo merezco!
Saque la caja de los juguetes, la puse sobre la cama, cogí un arnés y me senté en el sillón.
–¡Ven hacia mi a cuatro patas! –la ordene.
De inmediato se bajo de la cama y vino hacia mi como una felina. Llego y la coloque entre mis pierna para ponerla el arnés. Era simple, una correa ancha para la cintura y dos muñequeras con hebillas a los lados para las manos. Una vez lo tuvo colocado, la recosté sobre mi muslo agarrándola por la nuca –todavía estaba un poco pelona– mientras con la otra pierna aprisionaba las suyas. Mi mano derecha comenzó a acariciar su trasero y notaba como Esther se mantenía expectante. Después de unos minutos de caricias en los que, de vez en cuando, mis dedos rozaban su vagina, levante la mano y la deje caer con fuerza en su glúteo que vibro con el impacto. Aúllo de dolor, y siguió haciéndolo según mi mano seguía descargando azotes. Un par de minutos de azotes después pare para contemplar su enrojecido trasero. Pase mi uñas por su congestionada piel dejando líneas blancas que desaparecían de inmediato. Durante unos minutos estuve rayando y amasando su trasero, arrancando suspiros a mi amada cuando intencionadamente mis dedos rozaban sus labios vaginales. De improviso volví a descargar mi mano sobre sus nalgas, y Esther volvió a chillar mientras intentaba zafarse de las correas que la aprisionaba. Transcurridos unos minutos, cese en los azotes y comencé de nuevo con los masajes. En su enrojecido trasero estaba a punto de brotar derrames y eso no me gusta, luego tardan mucho en desaparecer los cardenales. Después de masajearla la levante hacia mi para contemplar su rostro bañado de lágrimas. Pegue mis labios a los suyos y la morreé con fuerza mientras con ambas manos sujetaba su cabeza. Notaba mi pene a punto de reventar. Cuando me sacie de su boca, me recosté en el sillón y baje su cabeza hacia mi polla, introduciéndola en su receptiva boca. Un par de minutos después me incorpore un poco, con una mano sujetándola por la nuca y la otras recorriendo su trasero, me corrí llenando su boca con mi esperma. Mientras la acariciaba el trasero con ambas manos, la mantuve con mi pene en su boca mientras su lengua jugueteaba con mi capullo. Es una maestra en alargar mi placer.
La incorpore y contemple su rostro expresando deseo. Con mis manos en sus nalga la comencé a comer el cuello mientras la hablaba con palabras susurrantes.
– ¿Sabes lo que te voy a hacer? –la susurraba al oído– ¡Te voy a dar azotes en ese culo de puta que tienes hasta que me canse, te voy a pellizcar los pezones hasta que se te inflamen y cuando quieras decir vasta, voy a follarte todos los orificios que tienes hasta que te corras como la puta perra que eres!
Mis palabras causaban en ella un efecto devastador, con mis manos en sus nalgas percibía como intentaba contraer sus genitales en un intento de proporcionarse placer. No la deje, la obligue a separar sus rodillas lo mas posible. Sus gemidos aumentaban de intensidad a la par que mis insultos. Seguí diciéndola barbaridades al oído pero sin tocar su vagina para nada. Cuando note que su cuerpo se contraía y su boca se abría desmesuradamente, metí la mano entre sus muslos para recoger el fruto de su corrida. El orgasmo fue tremendo y Esther gruño como la niña del Exorcista. Sujetándola por la nuca la bese con pasión en la boca. El tremendo poder que tengo sobre ella me excitaba hasta limites insospechados. Pero no puedo permitir que se me vaya la pinza, la quiero demasiado como para hacerla alguna burrada, de la que ella no se quejaría, pero que yo sin duda me arrepentiría.
– ¡Abre bien la boca! – la ordene mientras la echaba la cabeza hacia a tras. Cuando me obedeció, vacíe el contenido de mi mano el su boca y la obligue a tragar y a limpiármela con la lengua.
La recosté sobre mi para que descansara un poco. Mis manos se deslizaban por su sudoroso cuerpo con facilidad. Veía perfectamente la cicatriz de salida de la herida de bala en su omóplato izquierdo. Y el odio casi logra que se me saltaran las lágrimas. Cuando me recupere, pase una de sus piernas por encima de mi muslo, dejándola totalmente despatarrada. Mi dedo medio se puso a hurgar con decisión en su orificio anal. Intento incorporarse pero se lo impedí sujetándola por la nuca. Rápidamente comenzó a gemir, mucho mas cuando mi dedo entro en su totalidad. Estuve penetrándola hasta que un segundo dedo acompaño al primero. Unos minutos después tuvo otro orgasmo pero mas flojito que el primero.
La volví a morrear, alargue la mano y de la caja de los juguetes cogí las pinzas de madera.
– ¡No quiero que te muevas! –la ordene tajante.
Cogiéndola un pezón con los dedos la coloque una pinza en el. A pesar del dolor, Esther no se movió ni un milímetro. La puse otra pinza en el otro pezón y luego cuatro mas en cada pecho rodeando a los primeros. La lágrimas bañaban su precioso rostro pero no pronuncio la mas mínima queja. Varias veces pase la mano rozando las pinzas aumentando su dolor pero siguió sin quejarse. La abrace y la tumbé en el suelo. Agarrándola por los tobillos la separe las piernas y deposite mi pie directamente sobre su vagina. Mientras la estimulaba con mi pie, introduje los dedos de los suyos en mi boca. Se los chupe todos, con detenimiento, uno a uno. Baje sus pies hasta mi pene mientras Esther se contorsionaba de placer. Después de un rato de masturbarme con ellos, no aguante mas y sin dejar que se corriera –estaba a punto– la levante y poniéndola de rodillas, la di la vuelta y la penetre hasta el fondo su encharcado chocho. Mientras chillaba tuvo un primer orgasmo que acrecenté tocándola con fuerza las pinza de sus tetas. Se corrió pero seguí follándola mientras la iba quitando las pinzas una a una, despacio, sin prisas. Intente retenerme un poco para correrme con ella y lo conseguí. Cuando note que la llegaba la quite las dos ultimas pinzas, las de los pezones. Se corrió como una perra gritando como una cerda cuando la sangre inundo sus pezones provocándola un dolor insoportable. Todavía penetrada, la estuve masajeando la tetas mientras la mordía la nuca. Nuestros cuerpos sudorosos brillaban bajo la luz de la lámpara.
Nos levantamos y agarrándola del brazo la lleve a la cama. La tumbe en el centro, con la cabeza colgando por los pies de la cama. De la caja saque dos correas de cuero con las que sujete sus muslos a la correa de la cintura, dejándola totalmente abierta. Con un librador pequeño, la estimule directamente el clítoris mientras con un poco de lubricante introducía otro en su ano. De inmediato comenzó a gemir, y fueron aumentando en intensidad cuanto mas la estimulaba el clítoris con el vibrador. No sabría decir cuanto tiempo estuve así, pero fue mucho. Mantuve a Esther en un estado de placer constante sin dejar que se corriera. Me baje de la cama y arrodillándome en el suelo, la penetre por la boca mientras seguía atacando su clítoris. No me moví, deje que ella moviera su lengua maravillosa. Cuando ya estuve en condiciones, me subí a la cama, saque el vibrador, y lubricándola un poco mas la penetre por el ano. La comencé a follar como mas me gusta a mi, despacio, muy despacio. Y que conste que me gusta de cualquier manera. Sujetaba su cabeza con mis manos para poder contemplar su rostros pegado al mío. De vez en cuando la morreaba y respiraba sus gemidos. Como siempre me sincronice con ella y nos corrimos juntos, pero Esther tuvo un orgasmo brutal que la dejo semi KO, como yo ya había previsto. Durante largo tiempo estuve besándola por todo el cuerpo sin cansarme los mas mínimo. Creo que podría estar toda la vida así, dentro de ella y besándola. Cuando se recupero, respondía a mis besos siempre que tenia oportunidad. La fui quitando las correas para liberarla.
– Debería dejarte atada toda la vida, por mala, –bromee con una sonrisa.
– Si mi señor quiere, átame de nuevo, –respondió juntando sus manos.
La abrace de nuevo y nuestros labios se volvieron a encontrar con pasión, y con mucho amor.
– ¿Mi señor ya me ha perdonado?
– ¡Tu señor no tiene nada que perdonarte! –y añadí soltando una carcajada– ¡leñadora siberiana!
– ¡Yo no ronco!
Enlace relato original
Estaba picando algo en la cocina cuando sonó el teléfono.
– ¿Dígame?
– Edu, soy Colibrí, feliz año. –me contesto su cálida voz.
– Feliz año, niña.
– ¿Y Esther, ya se ha recuperado del concierto?
– No me lo recuerdes, anoche volvió a beber mas y se puso mala, vomito en el dormitorio, se vomito encima y monto un numero de flipar. Todavía esta en la cama roncando.
– ¡Hay pobrecilla!, ¿Quieres que vaya? –se alarmo Colibrí.
–¡No, que me la manoseas! –la conteste bromeando.
– ¡Anda no seas tonto! –y añadió– Necesito verte para comentar un tema que me tiene mosca.
– ¿En media hora puedes estar en San Gines? –la pregunte.
– ¡De sobra, y me invitas a merendar!
Me vestí y salí a la calle al encuentro de Colibrí. No nos resulto difícil encontrar mesa, pedimos chocolate y churros para los dos.
– Bueno, dime, ¿Que querías comentarme?
– He estado revisando los movimientos de la cuentas de Moncho y he descubierto algo que me tiene preocupada.
– ¡Cuéntame!, ¿Qué es? –me alarme. Todo lo que tiene que ver con Moncho me alarma.
– En dos ocasiones, una la víspera de su salida de Casablanca, y otro el mismo día, saco en efectivo una gran cantidad de dinero en Dólares.
– ¿Cuánto saco?
– En total dos millones, –y añadió– no lo detecte porque no son transferencias, lo saco como por ventanilla y fraccionado.
– ¿Cómo fraccionado?
– La víspera lo fracciono en doce operaciones, y al día siguiente en ocho.
– ¿Y no sabemos donde ha ido a parar? –la pregunte alarmado mientras cogía el móvil y marcaba el numero de Isabel.
– No, ni rastro, no lo volvió a ingresar en ninguna de sus cuentas, –aseguro Colibrí.
– ¡Isabel! –la dije cuando contesto a la llamada– ¡Feliz año!
– ¡Feliz año, Edu!
– ¿Estas ocupada?, ¡Necesito hablar contigo!
– No, solo intento recuperarme de la resaca.
– Estoy con Colibrí en San Gines, ¿Puedes acercarte?
– ¡Voy para allá!
Media hora después, Isabel se reunió con nosotros. Y la verdad es que tenia un aspecto deplorable.
– ¡Parece que la fiesta fue intensa! –la dije mientras Colibrí se mondaba de la risa.
– ¡Vale!, ¿Me habéis llamado para reíros de mi? –pregunto con resignación.
– Colibrí a descubierto que Moncho saco dos millones de dólares en efectivo el día antes de salir de Casablanca y no sabemos donde han ido a parar.
– ¡Joder, este cabrón en capaz de sorprendernos incluso estando donde esta! –exclamo Isabel.
– ¡Quiero que te dediques a este asunto con todos los medios necesarios! –y después de una pausa para que sirvieran el café solo que Isabel había pedido continúe– tus contactos de Casablanca, o de donde sea, habla con Pinkerton, te quiero en exclusiva si es necesario.
– ¡No te preocupes, no habrá problema! –dijo Isabel.
– Y lo mas importante, a Esther ni una palabra.
Seguimos charlado durante un rato mas metiéndonos con Isabel y me despedí de ellas. Tenia ganas de regresar a casa para ver como estaba Esther.
Seguía metida en la cama, pero ya estaba despierta. Me acerque a ella y la acaricie el pelo con ternura.
– ¿Qué tal estas mi amor?
– No se, me duele la cabeza y la garganta, el helado del postre me ha debido sentar mal.
– ¡Si mi amor, la garganta del helado o de los ronquidos que has estado dando!
– ¡Yo no ronco!
– ¡Como un leñador siberiano!
– ¡Huy que mentira!
Me levante y cogiendo el iPhone reproduje la nota de voz donde había grabado sus ronquidos.
– ¡Esa no soy yo! –aseguro con vehemencia.
– ¡Si eres tu, y lo voy a poner como tono de llamada!
– ¡Me quieres liar, no soy yo! –insistió.
– ¡Ya lo creo que eres tu, si me he tenido que ir a dormir al sofá! –se quedo con la boca abierta, sin saber que decir– ¿Te has tomado algo para la cabeza?
Negó con la cabeza y la pregunte– ¿Tienes hambre, te preparo algo?
Volvió a negar con la cabeza, la di un par de ibuprofenos con un vaso de zumo y la deje tranquila en la cama.
Hasta la hora de acostarme estuve con el ordenador mientras Esther seguía desaparecida en el dormitorio. Entre en el dormitorio y la encontré sobre la cama hecha un ovillito. Me desnude y me senté a su lado.
– ¿Qué tal te encuentras, todavía te duele la cabeza?
– ¡No mi señor, ya no me duele! –y a continuación añadió– ¡Yo no quiero roncar mi señor!
– ¡Pues eso es sencillo, no te emborraches!
– ¿Mi señor esta enfadado?
– ¡Si, tu señor esta muy enfadado! –mentí– ¡Y mereces un castigo!
– ¡Si mi señor, lo merezco!
Saque la caja de los juguetes, la puse sobre la cama, cogí un arnés y me senté en el sillón.
–¡Ven hacia mi a cuatro patas! –la ordene.
De inmediato se bajo de la cama y vino hacia mi como una felina. Llego y la coloque entre mis pierna para ponerla el arnés. Era simple, una correa ancha para la cintura y dos muñequeras con hebillas a los lados para las manos. Una vez lo tuvo colocado, la recosté sobre mi muslo agarrándola por la nuca –todavía estaba un poco pelona– mientras con la otra pierna aprisionaba las suyas. Mi mano derecha comenzó a acariciar su trasero y notaba como Esther se mantenía expectante. Después de unos minutos de caricias en los que, de vez en cuando, mis dedos rozaban su vagina, levante la mano y la deje caer con fuerza en su glúteo que vibro con el impacto. Aúllo de dolor, y siguió haciéndolo según mi mano seguía descargando azotes. Un par de minutos de azotes después pare para contemplar su enrojecido trasero. Pase mi uñas por su congestionada piel dejando líneas blancas que desaparecían de inmediato. Durante unos minutos estuve rayando y amasando su trasero, arrancando suspiros a mi amada cuando intencionadamente mis dedos rozaban sus labios vaginales. De improviso volví a descargar mi mano sobre sus nalgas, y Esther volvió a chillar mientras intentaba zafarse de las correas que la aprisionaba. Transcurridos unos minutos, cese en los azotes y comencé de nuevo con los masajes. En su enrojecido trasero estaba a punto de brotar derrames y eso no me gusta, luego tardan mucho en desaparecer los cardenales. Después de masajearla la levante hacia mi para contemplar su rostro bañado de lágrimas. Pegue mis labios a los suyos y la morreé con fuerza mientras con ambas manos sujetaba su cabeza. Notaba mi pene a punto de reventar. Cuando me sacie de su boca, me recosté en el sillón y baje su cabeza hacia mi polla, introduciéndola en su receptiva boca. Un par de minutos después me incorpore un poco, con una mano sujetándola por la nuca y la otras recorriendo su trasero, me corrí llenando su boca con mi esperma. Mientras la acariciaba el trasero con ambas manos, la mantuve con mi pene en su boca mientras su lengua jugueteaba con mi capullo. Es una maestra en alargar mi placer.
La incorpore y contemple su rostro expresando deseo. Con mis manos en sus nalga la comencé a comer el cuello mientras la hablaba con palabras susurrantes.
– ¿Sabes lo que te voy a hacer? –la susurraba al oído– ¡Te voy a dar azotes en ese culo de puta que tienes hasta que me canse, te voy a pellizcar los pezones hasta que se te inflamen y cuando quieras decir vasta, voy a follarte todos los orificios que tienes hasta que te corras como la puta perra que eres!
Mis palabras causaban en ella un efecto devastador, con mis manos en sus nalgas percibía como intentaba contraer sus genitales en un intento de proporcionarse placer. No la deje, la obligue a separar sus rodillas lo mas posible. Sus gemidos aumentaban de intensidad a la par que mis insultos. Seguí diciéndola barbaridades al oído pero sin tocar su vagina para nada. Cuando note que su cuerpo se contraía y su boca se abría desmesuradamente, metí la mano entre sus muslos para recoger el fruto de su corrida. El orgasmo fue tremendo y Esther gruño como la niña del Exorcista. Sujetándola por la nuca la bese con pasión en la boca. El tremendo poder que tengo sobre ella me excitaba hasta limites insospechados. Pero no puedo permitir que se me vaya la pinza, la quiero demasiado como para hacerla alguna burrada, de la que ella no se quejaría, pero que yo sin duda me arrepentiría.
– ¡Abre bien la boca! – la ordene mientras la echaba la cabeza hacia a tras. Cuando me obedeció, vacíe el contenido de mi mano el su boca y la obligue a tragar y a limpiármela con la lengua.
La recosté sobre mi para que descansara un poco. Mis manos se deslizaban por su sudoroso cuerpo con facilidad. Veía perfectamente la cicatriz de salida de la herida de bala en su omóplato izquierdo. Y el odio casi logra que se me saltaran las lágrimas. Cuando me recupere, pase una de sus piernas por encima de mi muslo, dejándola totalmente despatarrada. Mi dedo medio se puso a hurgar con decisión en su orificio anal. Intento incorporarse pero se lo impedí sujetándola por la nuca. Rápidamente comenzó a gemir, mucho mas cuando mi dedo entro en su totalidad. Estuve penetrándola hasta que un segundo dedo acompaño al primero. Unos minutos después tuvo otro orgasmo pero mas flojito que el primero.
La volví a morrear, alargue la mano y de la caja de los juguetes cogí las pinzas de madera.
– ¡No quiero que te muevas! –la ordene tajante.
Cogiéndola un pezón con los dedos la coloque una pinza en el. A pesar del dolor, Esther no se movió ni un milímetro. La puse otra pinza en el otro pezón y luego cuatro mas en cada pecho rodeando a los primeros. La lágrimas bañaban su precioso rostro pero no pronuncio la mas mínima queja. Varias veces pase la mano rozando las pinzas aumentando su dolor pero siguió sin quejarse. La abrace y la tumbé en el suelo. Agarrándola por los tobillos la separe las piernas y deposite mi pie directamente sobre su vagina. Mientras la estimulaba con mi pie, introduje los dedos de los suyos en mi boca. Se los chupe todos, con detenimiento, uno a uno. Baje sus pies hasta mi pene mientras Esther se contorsionaba de placer. Después de un rato de masturbarme con ellos, no aguante mas y sin dejar que se corriera –estaba a punto– la levante y poniéndola de rodillas, la di la vuelta y la penetre hasta el fondo su encharcado chocho. Mientras chillaba tuvo un primer orgasmo que acrecenté tocándola con fuerza las pinza de sus tetas. Se corrió pero seguí follándola mientras la iba quitando las pinzas una a una, despacio, sin prisas. Intente retenerme un poco para correrme con ella y lo conseguí. Cuando note que la llegaba la quite las dos ultimas pinzas, las de los pezones. Se corrió como una perra gritando como una cerda cuando la sangre inundo sus pezones provocándola un dolor insoportable. Todavía penetrada, la estuve masajeando la tetas mientras la mordía la nuca. Nuestros cuerpos sudorosos brillaban bajo la luz de la lámpara.
Nos levantamos y agarrándola del brazo la lleve a la cama. La tumbe en el centro, con la cabeza colgando por los pies de la cama. De la caja saque dos correas de cuero con las que sujete sus muslos a la correa de la cintura, dejándola totalmente abierta. Con un librador pequeño, la estimule directamente el clítoris mientras con un poco de lubricante introducía otro en su ano. De inmediato comenzó a gemir, y fueron aumentando en intensidad cuanto mas la estimulaba el clítoris con el vibrador. No sabría decir cuanto tiempo estuve así, pero fue mucho. Mantuve a Esther en un estado de placer constante sin dejar que se corriera. Me baje de la cama y arrodillándome en el suelo, la penetre por la boca mientras seguía atacando su clítoris. No me moví, deje que ella moviera su lengua maravillosa. Cuando ya estuve en condiciones, me subí a la cama, saque el vibrador, y lubricándola un poco mas la penetre por el ano. La comencé a follar como mas me gusta a mi, despacio, muy despacio. Y que conste que me gusta de cualquier manera. Sujetaba su cabeza con mis manos para poder contemplar su rostros pegado al mío. De vez en cuando la morreaba y respiraba sus gemidos. Como siempre me sincronice con ella y nos corrimos juntos, pero Esther tuvo un orgasmo brutal que la dejo semi KO, como yo ya había previsto. Durante largo tiempo estuve besándola por todo el cuerpo sin cansarme los mas mínimo. Creo que podría estar toda la vida así, dentro de ella y besándola. Cuando se recupero, respondía a mis besos siempre que tenia oportunidad. La fui quitando las correas para liberarla.
– Debería dejarte atada toda la vida, por mala, –bromee con una sonrisa.
– Si mi señor quiere, átame de nuevo, –respondió juntando sus manos.
La abrace de nuevo y nuestros labios se volvieron a encontrar con pasión, y con mucho amor.
– ¿Mi señor ya me ha perdonado?
– ¡Tu señor no tiene nada que perdonarte! –y añadí soltando una carcajada– ¡leñadora siberiana!
– ¡Yo no ronco!
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